Reflexiones

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Y no lo digo porque hoy nos hayamos levantado con una tormenta tropical que nos ha hecho cambiar nuestros planes de nuevo, sino por la que está cayendo en España.
Parece que desde aquí, a tantos kilómetros de distancia, lo que esta pasando casi no nos llega pero, lo poco que nos llega, nos llena de rabia y hasta nos da un poco de pena no estar allí luchando con vosotros.
Los continuos recortes en sanidad y educación, las difamaciones en contra de los profesores y de la educación pública, cómo se esta tratando a los ciudadanos, especialmente a los adolescentes que se están manifestando en estos últimos días, nos parece absolutamente VERGONZOSO. Está llegando un punto en el que preferiríamos no contestar cuando nos preguntan de dónde somos.

La pobreza es mala, sí, pero la miseria es inaceptable. Una persona que vive en la miseria no tiene la posibilidad de vivir, está muy ocupada en sobrevivir. Sus hijos, no es ya que no tengan las mismas oportunidades que que los hijos de la clase media o alta, no. Es que no tienen la más mínima oportunidad. Están condenados a repetir la vida de sus padres. Nunca irán a la escuela y nunca sabrán que su vida podría haber sido diferente, que hay alternativas. Nadie, jamás, debería tener como único objetivo en la vida el sobrevivir.

Una de las características que más definen a la sociedad india es el sistema de castas. Lo poco que conocíamos antes de llegar aquí era que divide a la población en niveles o clases de las que no podrán salir jamás. No al menos en la presente vida. Si su karma es bueno quizás consigan reencarnarse en una casta superior. Si es malo se reencarnarán en una casta inferior o incluso en un intocable, una persona tan baja que esta fuera del sistema de castas. Dejamos de lado a aquellos con tan mal karma que se reencarnaran en animales y tendrán que volver a escalar niveles a través de innumerables vidas.

Aunque sabíamos que en India la situación de la mujer no era demasiado buena, no nos imaginábamos que podía llegar a ser tan dramática. Una cosa es saber que la inmensa mayoría de las mujeres son amas de casa dedicadas al cuidado del hogar y de los niños y otra es descubrir las historias que pueden llegar a protagonizar.
Empezamos a conocer esta realidad de la mano de Sonu, la mujer con la que hablamos durante nuestros primeros días en Delhi y que está ayudando a niños de la calle y a mujeres del barrio en el que vive.

Son las 6:30 de la mañana. Mayte, Narce, Krishna y yo caminamos por las calles de Balewa. Todavía es noche cerrada. Pasamos por delante de la casa de Krishna, su nueva casa de ladrillo a medio construir. Lila, su mujer, esta fuera, en la terraza. Nos dice adiós con la mano pero no contesta a nuestro “¡Namasté Lila! ¡Goodbye! ¡Adiós!” Estamos seguros de que le gustaría hacerlo pero Narce no es de la familia y no puede escuchar su voz. Nos conformamos con intuir su silueta agitando la mano en la oscuridad, mientras nos alejamos de allí.

La mayoría de los matrimonios en la India son concertados por los padres de los novios. Guira nos cuenta que su mujer tenía solo 15 años cuando se casó con él, que rozaba entonces la treintena. No le vio la cara ni habló con ella hasta el día siguiente de la boda. Tardó varios días en poder mantener una conversación con ella. Podemos imaginar el terror de una niña de 15 años en una situación así.

Con la intención de aprender más acerca del Tíbet, nos acercamos al Tibet Museum que se encuentra junto al templo y al domicilio del Dalai Lama. La exposición fotográfica y los textos que la acompañan cuentan historias de algunos tibetanos que vivieron en primera persona la ocupación china y el exilio.

Una tarde de sábado en casa. Un rato en el sofá, viendo la tele. Luego preparando las entrevistas que haremos durante el viaje. Más tarde, un paseo para que el tobillo de Javi vaya recuperando fuerza y movilidad.